Me ha traicionado un amigo

Un aprendizaje de la Biblia

No fue un enemigo: eso lo habría soportado

Tu socio de diez años se ha llevado la cartera de clientes y ha montado otra empresa a tus espaldas. Tu mejor amigo sabía quién te gustaba, y ahora sale con ella. Le contaste algo a una sola persona, y lo sabe el grupo entero. De un enemigo te lo esperas; hasta tiene su lógica. Lo que no encuentra sitio en la cabeza es que haya sido justo esa persona. La Biblia tiene un salmo entero para esto, y lo escribió alguien a quien le pasó.

Ahitofel era el consejero de David, y no uno cualquiera: el texto dice que su consejo se valoraba como si se consultara la palabra de Dios. 2 Samuel 16. Era el hombre que lo sabía todo. Cuando Absalón, el hijo de David, da un golpe de Estado contra su padre, llega el aviso: Ahitofel está entre los que conspiraron. David lo recibe huyendo de su propia ciudad, subiendo la cuesta de los Olivos descalzo y llorando. 2 Samuel 15. El salmo 55, que lleva su firma, no da nombres, pero dice esto: no me afrentó un enemigo, lo cual yo habría soportado; sino que eres tú, un hombre igual a mí, mi compañero y mi íntimo amigo, que juntos nos comunicábamos en dulce consejo. Y el 41: aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar. Siglos después, a Jesús lo entrega con un beso uno de sus doce, y el texto guarda lo que le dijo: amigo, ¿a qué vienes?

El salmo no maquilla lo que David siente. Primero, ganas de desaparecer: ¡quién me diese alas como de paloma! Volaría yo y descansaría. Luego rabia, y de la fea: en el mismo salmo les desea la muerte, y nadie lo censuró. Y en medio, la descripción más exacta que existe de quien te la estaba jugando mientras sonreía: más blandas que la mantequilla eran las palabras de su boca, pero había guerra en su corazón.

Pero una cosa es lo que David siente y otra lo que hace, y ahí está el mecanismo. No sale detrás de Ahitofel. Pide una sola cosa, que ese consejo se tuerza, y manda a un hombre leal, Husai, a contrarrestarlo desde dentro. Es decir: se protege. Control de daños, no venganza. Porque la traición de un amigo abre dos heridas, y se curan por separado. El daño, los clientes, el dinero, el secreto que ya circula, se ataja en frío y pronto: contratos, contraseñas, un abogado si hace falta, tu versión contada una vez a quien tenga que oírla. Y el dolor no se cura persiguiendo al otro ni consiguiendo una explicación: Ahitofel no dio ninguna, y el texto tampoco la inventa. El dolor se dice, como hace David en el salmo, delante de alguien que pueda sostenerlo. El salmo acaba ahí: echa sobre Jehová tu carga. Si no crees, un amigo que lo siga siendo.

Y un detalle que cuesta, pero ayuda: David no reescribe el pasado para que duela menos. «Juntos nos comunicábamos en dulce consejo». Los años buenos fueron verdad, y la traición también. Las dos cosas. Así que hoy, el daño: apunta lo que ha quedado expuesto y ciérralo. Esta semana, el dolor: cuéntaselo entero a una persona. Y no saques la conclusión que pide el cuerpo, la de no fiarte de nadie nunca más: Husai también era amigo de David, y esa misma semana se jugó la vida por él. Cerca de esta carta están «me cuesta volver a confiar», «quiero que pague lo que me hizo» y, si fue alguien de tu sangre, «me ha traicionado mi propia familia».

«La traición de un amigo abre dos heridas. El daño se ataja en frío y pronto; el dolor se dice, no se persigue. Y los años buenos fueron verdad.»
David y Ahitofel · Salmo 55 y 2 Samuel 15Buscar otra cosa

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