No duermo por el mañana
El mañana cobra dos veces si le dejas
Las tres de la madrugada, y tú ensayando catástrofes. La reunión que aún no ha pasado, el recibo que aún no ha llegado, la conversación que igual ni ocurre: todo se celebra esta noche, en tu cabeza, con entradas pagadas por ti. Y lo más injusto: mañana, cuando toque de verdad, estarás agotado precisamente por haberlo vivido esta noche de mentira.
Hay un texto de hace dos mil años que retrata la escena con una precisión incómoda, y suelta en medio una pregunta diseñada para desmontar la madrugada: ¿quién de vosotros, por mucho afanarse, puede añadir un codo a su estatura? Es la auditoría que tu insomnio no quiere pasar: todas esas horas de preocupación: ¿qué han producido, exactamente? ¿Qué recibo han pagado, qué reunión han resuelto? La respuesta es siempre la misma cifra, y lo sabes.
Su propuesta no es «no lo pienses», que jamás ha funcionado con nadie (el que te dice «no te preocupes» no ha entendido el problema). Es algo más práctico: un reparto de la carga. No os afanéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio afán: basta al día su propio mal. Fíjate en la contabilidad, porque es exacta: cada día viene con su ración de problemas Y con sus fuerzas para ese día. Lo que estás haciendo a las tres de la madrugada es adelantarle trabajo al martes con las fuerzas del lunes: pagar dos veces la misma factura, y la de esta noche con intereses.
El mecanismo de fondo es este: la preocupación se disfraza de trabajo. Rumiar la reunión se siente como prepararla; darle vueltas al recibo se siente como gestionarlo. Mentira: prepararse es una acción con hora (se hace en la mesa, con papel) y la rumia es su imitación nocturna, que gasta lo mismo y produce nada. Por eso la solución no es dejar de pensar: es darle a cada asunto su cita.
Prueba el reparto esta noche: cuando llegue la procesión, papel y bolígrafo (o el móvil, una nota), apunta cada asunto y ponle su día. La reunión: mañana a las nueve. El recibo: el jueves. Ya están citados; presentarse antes es de mala educación. El texto pone de ejemplo a las aves, que ni siembran ni acumulan y ahí siguen. Mirarlas no te pagará el recibo, pero la madrugada tampoco, y ellas al menos duermen.
Esto es Equilibrio.