Me hago mayor / siento que ya pasé

Un aprendizaje de la Biblia

A los ochenta y cinco pidió la montaña más difícil

Llega un día en que haces la cuenta sin querer: los años que quedan, los trenes que pasaron, la edad a la que otros hicieron lo que tú ya no. Y el mundo ayuda poco, con su manía de tratarte como pieza a extinguir: en el trabajo, en los anuncios, hasta en tu familia, con ese tono de cuidado que se le pone a lo frágil. Lo peor no es cumplir años. Es empezar a firmar tú mismo la sentencia: yo ya pasé.

A Caleb esa cuenta le salía peor que a ti. De joven le hicieron una promesa (una tierra, un futuro) y luego la vida le metió por medio cuarenta y cinco años de espera en el desierto, viendo envejecer y morir, uno a uno, a toda su generación. Cuando por fin pudo reclamar lo suyo, tenía ochenta y cinco años. Ochenta y cinco. Si alguien tenía la coartada perfecta para el «ya no estoy para esto», era él: la promesa era de otra época, casi de otra vida.

Y aquí viene lo bueno. No pidió un rincón tranquilo para retirarse, que nadie se lo habría discutido. Pidió, con estas palabras, dame este monte. Y el monte que señaló era la zona más difícil del reparto: la de los gigantes que cuarenta y cinco años atrás habían acobardado a todo el pueblo, la de las ciudades amuralladas, la que nadie quería. Y añadió la frase que habría que enmarcar en todas las consultas de geriatría: aún hoy estoy tan fuerte como el día en que me enviaron. No era negar la edad: la edad era un hecho, y él el primero en saberla. Era negarse a que la edad decidiera por él lo que la edad no decide.

Ese es el mecanismo que te toca robar: separar lo que los años quitan de verdad de lo que solo quitan si firmas. Hay trenes concretos que no vuelven: cierto, y llorarlos un rato es de ley. Pero fíjate qué pidió Caleb: no pidió volver atrás, no pidió ser el de los cuarenta. Pidió el reto de HOY, con las fuerzas de hoy, que eran otras, y eran bastantes. La trampa del «ya pasé» es que se firma al por mayor: como ya no puedo lo de antes, ya no puedo nada. Y eso es falso en todas las edades.

Así que la pregunta es concreta: ¿cuál es tu monte, a tu escala de hoy? Esa cosa que llevas tiempo descartando «por la edad» sin haberla comprobado: el proyecto, el viaje, el aprender algo, el empezar de nuevo donde sea. Compruébala. Pídela. En la historia de Caleb la palabra jubilación no aparece. La palabra monte, sí. Y la pidió el más viejo de la sala.

«La edad te quita trenes, no la palabra. El monte se pide con las fuerzas de hoy.»
Caleb · Aprendizaje · lectura en preparaciónBuscar otra cosa

Esto es Propósito.