Qué dice la Biblia sobre los enemigos
Devuélvele el burro, y no te alegres cuando caiga
La Biblia tiene una cosa incómoda que decir de tus enemigos: que los tienes. No finge que la vida sea un sitio donde todo el mundo se lleva bien, y la frase más famosa sobre el tema arranca reconociendo lo que se decía antes: oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan (Mateo 5:43-44). Lee despacio lo que pide: bendecir, hacer bien, orar. Tres acciones y ningún sentimiento. No dice que te caiga bien ni que dejes de tenerlo por enemigo. Amar, aquí, es un verbo de hacer.
Y mucho antes, en la ley más vieja, ya estaba dicho en pequeño y con un burro: si encuentras el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo; si ves el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, sin falta le ayudarás a levantarlo (Éxodo 23:4-5). Fíjate en lo concreto que es. No te pide que lo abraces; te pide que le devuelvas el animal. La medida del texto para el enemigo no es lo que sientes por él: es lo que haces con su burro cuando nadie te ve.
El caso que mejor lo enseña pasa dentro de una cueva. Saúl perseguía a David para matarlo, y entró a solas justo en la cueva donde David estaba escondido con sus hombres. Ellos se lo dijeron al oído: hoy tienes a tu enemigo en tus manos, haz con él lo que te parezca. Y David se levantó y, calladamente, cortó la orilla del manto de Saúl (1 Samuel 24:4). Nada más. Y cuenta el texto que después se le turbó el corazón por haber cortado ese trozo de tela (24:5). Cuando Saúl salió, David lo llamó desde lejos y le enseñó la orilla en la mano: corté la orilla de tu manto y no te maté (24:11). Y el hombre que quería matarlo alzó la voz, lloró, y dijo: más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal (24:16-17).
Ahí está el mecanismo, y lo remata una carta muchos siglos después: no os venguéis vosotros mismos… si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; porque haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien (Romanos 12:19-21). Dos cosas. La primera: la venganza no se prohíbe porque el otro no la merezca; se prohíbe porque te vence, porque lo que tu enemigo no consigue con su daño lo consigue si te vuelve como él. La segunda son las ascuas: no es un truco para hacerle daño por otra vía, es lo que pasa en una cara cuando le devuelven bien por mal. Se enciende. Saúl lloró. Y el libro añade un aviso para el día en que la cosa se dé la vuelta: cuando caiga tu enemigo, no te regocijes; y cuando tropiece, no se alegre tu corazón (Proverbios 24:17). Lo que el texto no dice también importa: no te pide que vuelvas a confiar ni que te quedes a su alcance. David no volvió al palacio; siguió a distancia. Amar al enemigo y guardar la distancia no se contradicen.
El ejercicio del burro: elige una cosa concreta y pequeña que puedas hacer bien por esa persona, o simplemente no hacer: la frase que no dices, la alegría que no enseñas cuando tropieza. Y mide tu venganza con la orilla del manto: si te remuerde hasta un trozo de tela, vas por buen camino. Si lo que te quema es que no ha pagado, la carta de quien quiso cobrárselo y no lo hizo te espera. Si es un rencor viejo, el de José.
Esto es Vínculos.