Rezo y no siento nada

Un aprendizaje de la Biblia

Clamo de día y no respondes

Rezas y no sientes nada. Como hablarle a la pared. Antes había algo, o eso recuerdas, y ahora hay un techo. O llevas tiempo sin rezar y sin ir, te has ido alejando sin dar ningún portazo, y lo que queda es una culpa rara, como la de haber dejado de llamar a alguien. Entres por la puerta que entres, lo primero que conviene saber es esto: lo que te pasa no te deja fuera del libro. Te pone en el centro.

El salmo 22 empieza así: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y sigue: clamo de día y no respondes; y de noche no me quedo en silencio. Lo firma David. Job, al que el texto presenta como un hombre intachable, lo dice con un mapa: iré al oriente y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré. Job 23. Cuando Samuel era niño, el texto anota, como quien da el parte del tiempo, que en aquellos días no había visión manifiesta: épocas enteras de silencio, 1 Samuel 3. Isaías lo dice sin rodeos: verdaderamente tú eres Dios que te ocultas. Y la primera línea del salmo 22 es la que grita Jesús en la cruz, Mateo 27. El silencio no está en los márgenes de este libro. Está en su página central.

Y ahora lo que el libro no dice, que aquí es casi más importante. En ningún sitio dice que la oración se mida por lo que sientes. No hay un solo versículo que lo pida. Las instrucciones de Jesús para rezar son casi secas: entra en tu aposento, cierra la puerta, y no uses vanas repeticiones, que no es por la palabrería por lo que te oyen. Mateo 6. Eclesiastés lo deja en cuatro palabras: sean pocas tus palabras. Y Pablo reconoce lo que casi nadie reconoce en voz alta: no sabemos lo que hemos de pedir como es debido. Romanos 8. Lo de sentir algo cada vez es una exigencia nuestra, y bastante reciente. El texto no la conoce.

El mecanismo está en la primera línea del salmo. Fíjate en a quién se queja David del silencio: al que calla. Dios mío, dos veces, y con el posesivo puesto. El que dice «no respondes» sigue hablando. En este libro la fe no es notar compañía; Hebreos 11 la define justo al revés, como la convicción de lo que no se ve. Y si has llegado aquí sin ser creyente, el mecanismo lo conoces de cualquier relación larga: hay temporadas en las que no se siente nada, y lo que haces en esas temporadas decide lo que viene después.

Así que, si quieres seguir rezando, hazlo corto y de verdad. Una frase. La primera línea del salmo 22 vale como oración: está en el libro. No la midas por lo que notes; mídela por si es verdad. Si lo que tienes es culpa por haberte alejado, no decidas nada desde ahí, ni volver ni irte del todo: la culpa aconseja mal en las dos direcciones. Y si en casa te reprochan que ya no vayas, o vas por no disgustar a tu madre, hay un precedente curioso. Naamán, un general extranjero, pide perdón por adelantado, delante del profeta Eliseo, porque su cargo le obliga a acompañar a su rey a un templo en el que él ya no cree, y a inclinarse allí. La respuesta son tres palabras: vete en paz. 2 Reyes 5. Acompañar a alguien a quien quieres no es mentir. Lo que tú creas lo decides tú, y sin prisa. Cerca de esta carta están «estoy enfadado con Dios», «dudo de todo, hasta de mí» y «necesito una señal clara y no llega».

«El silencio no te deja fuera del libro: te pone en su centro. La oración no se mide por lo que sientes, sino por si es verdad.»
El salmo 22 · Salmo 22 y Job 23Buscar otra cosa

Esto es Adversidad.