Qué dice la Biblia sobre la muerte
El versículo más corto
El versículo más corto de toda la Biblia son dos palabras: lloró Jesús (Juan 11:35). El contexto: delante de la tumba de un amigo, rodeado de gente que lloraba. El que más razones tenía para dar un discurso sereno sobre el más allá (el que según el propio relato estaba a punto de arreglarlo) lloró primero. Quédate con ese orden, porque desmonta siglos de «hay que ser fuerte»: en este texto, el duelo no es debilidad ni falta de fe ni de entereza. Es amor con la puerta cerrada.
La Biblia habla de la muerte sin ninguno de nuestros eufemismos (no «se nos fue», no «descansó»): hay tiempo de nacer y tiempo de morir (Eclesiastés 3:1-2), así, en la misma frase, como dos estaciones del mismo año. Y el valle de sombra existe y no se puede rodear. Lo que el texto ofrece no es esquivarlo, sino no cruzarlo solo: aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré, porque tú estarás conmigo (Salmos 23:4). La oferta nunca es «no pasará». Es «no irás solo».
Y deja una recomendación extraña, de las que hay que leer dos veces: mejor es ir a la casa del duelo que a la casa del banquete (Eclesiastés 7:2: «casa del duelo», dice literalmente esta edición). No es morbo ni afición a lo triste: el texto da su porqué: porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. En la casa del duelo uno se acuerda de qué importa de verdad, y de que el tiempo con los que quiere no es infinito. Del banquete se sale igual que se entró. Del duelo, recolocado.
El mecanismo que recorre todos estos textos es el mismo: la muerte no se esquiva ni se disimula: se mira, se llora sin vergüenza y se le pone nombre. Lo único que el texto no hace jamás es fingir que no existe, que es exactamente la estrategia de nuestra época, y la que peor funciona: lo no mirado no desaparece; solo espera sin preparar a nadie.
Si estás en el duelo ahora, la teoría puede esperar a otro día: busca «he perdido a alguien». Ahí está Noemí, que volvió diciendo «llamadme Amargura» y nadie se lo reprochó. Si es miedo a tu propia muerte, o una enfermedad que ha puesto la pregunta encima de la mesa, la carta de Ezequías: «estoy enfermo y tengo miedo». Y si era la pregunta grande, sin urgencia: llévate lo del versículo corto. Hasta el más fuerte lloró. Empezar por ahí nunca es empezar mal.
Esto es Adversidad.