Me he quedado a las puertas

Un aprendizaje de la Biblia

Lo vio entero desde el monte

Dos décimas para la nota de corte. El cruzado roto a dos semanas del campeonato, después de un año entrenando para ese día. Era tu último año para entrar en la selección, y no te han cogido. El piso reservado y la hipoteca denegada. No es fracasar al empezar, que duele poco. Es hacer el camino entero y quedarte en el último metro, con la meta a la vista. En la Biblia eso le pasa al hombre más grande del libro, y el texto no lo esconde.

Moisés saca a un pueblo de Egipto y lo lleva cuarenta años por el desierto, hasta la frontera misma de la tierra prometida. Y no entra. Un día, harto del pueblo, había golpeado una roca con rabia delante de todos (Números 20), y eso le costó la entrada. Él mismo cuenta que pidió otra oportunidad, y con qué palabras: pase yo, te ruego, para que vea aquella tierra buena. Y cuenta la respuesta: basta, no me hables más de este asunto. Sube a la cumbre del Pisga y mira con tus propios ojos, porque no pasarás este Jordán. Deuteronomio 3.

Lo que hizo con ese no son dos cosas, y las dos están escritas. La primera va en la misma frase de la negativa: manda a Josué, y anímalo y fortalécelo, porque él ha de pasar. Y Moisés lo hace. El libro entero de Deuteronomio es eso: un hombre a las puertas, pasándole todo lo que sabe al que sí va a cruzar. La segunda: sube al monte. Deuteronomio 34 dice que lo vio todo, de norte a sur, y añade un dato que parece de sobra y no lo es: tenía ciento veinte años, y sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor. No estaba acabado. Se quedó fuera estando entero. Y aun así, el veredicto del libro sobre el hombre que no entró es este: nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés.

El mecanismo: el último metro no borra el camino. Tú estás midiendo el año entero por el día que no llegó; el texto mide a Moisés por los cuarenta años, no por el río que no cruzó. Lo que construiste para llegar hasta la puerta, el cuerpo que entrenaste, lo que estudiaste, la disciplina de levantarte cada día, sigue siendo tuyo, y no hay tribunal ni lesión que te lo quite. Y una segunda cosa, más pequeña: Moisés pidió. El texto no le reprocha haber pedido otra oportunidad. Pedir la revisión, la segunda convocatoria, otra temporada, no es no saber perder. Pero cuando el no es firme, ese «basta» tiene algo de favor: te libra de seguir negociando con una puerta cerrada.

Así que primero llóralo, que el texto también lo hace: a Moisés lo lloraron treinta días, y nadie les metió prisa. Después, las dos preguntas del monte. ¿Este no es definitivo, o hay otra convocatoria? Si la hay, pídela sin vergüenza. Y si no la hay: de todo lo que construiste para llegar aquí, ¿qué sirve para otra puerta, o para alguien que viene detrás? A veces lo que preparaste abre un sitio que todavía no has mirado. A veces lo cruza otro con lo que tú le diste, y eso tampoco es poco: a Josué lo preparó Moisés. Si lo tuyo es más bien una espera que no se acaba, busca «llevo años esperando algo que no llega».

«El último metro no borra el camino. Lo que construiste para llegar a la puerta sigue siendo tuyo, aunque esa puerta no se abra.»
Moisés · Deuteronomio 3 y 34Buscar otra cosa

Esto es Adversidad.