Me han ascendido y no sé mandar
Lo primero que dijo el rey nuevo
Ayer eras uno más y hoy tienes que decirles a los de ayer lo que hay que hacer. El cargo llegó con un título, una reunión y ningún manual, y tú te has descubierto oscilando entre dos miedos: que se note que no sabes, o mandar de más para que no se note. Los dos son el mismo miedo con distinta ropa. La Biblia guarda la escena del jefe más nuevo de su historia: un rey de pocos días, con el encargo más grande que se podía tener.
Salomón acababa de sentarse en el trono de su padre, y lo primero que salió de su boca cuando le preguntaron qué quería no fue un plan ni una petición de poder. Fue una confesión: soy muy joven, y no sé cómo entrar ni salir. El hombre más poderoso del país, diciendo «no sé» en voz alta. Y a continuación, la petición: un corazón con entendimiento para juzgar a su gente, para distinguir entre lo bueno y lo malo; porque, dijo, ¿quién puede gobernar a un pueblo tan grande? El texto añade que la petición gustó, y que le dieron además lo que no había pedido. Pero fíjate en el orden: el «no sé» fue antes que todo lo demás.
Ahí está lo que nadie te contó al ascenderte. Salomón no pidió que le enseñaran a mandar, ni un método, ni autoridad: autoridad ya tenía, era el rey. Pidió criterio para juzgar entre personas, que es en lo que consiste mandar de verdad: no en decir qué se hace, sino en distinguir, caso a caso, lo que está bien de lo que no, y decirlo con justicia a gente que te mira. Y para pedir eso tuvo que empezar por admitir que no lo tenía. El jefe nuevo que tapa el «no sé» se queda sin lo único que necesitaba pedir.
Los dos miedos se curan con la misma medicina. Mandar de más es lo que hace el que no sabe distinguir y no quiere que se note: da órdenes para que haya ruido. Parecer que no sabes deja de dar miedo en cuanto lo dices tú primero, una vez, a las personas justas. Después de eso, el criterio se fabrica con la materia prima que Salomón pidió juzgar: los casos. Su primer acto de gobierno famoso no fue una estrategia: fue un pleito entre dos mujeres. Se aprende a mandar en los pleitos pequeños, no en los planes grandes.
Haz esto en las primeras semanas: di el «no sé» en voz alta una vez, a quien te lo confió y a alguien de confianza dentro del equipo; no como disculpa, como punto de partida. Y antes de cambiar nada, escucha tres casos: qué va bien, qué va mal, y qué lleva tiempo sin que nadie lo decida. Decide esos tres con cuidado y a la vista. El equipo no te respetará por lo que sabes; te respetará por cómo distingues. Eso se pide primero, y se practica después.
Esto es Liderazgo. La carta de esta habitación: Cuando otros dependen de ti →