Qué dice la Biblia sobre la paciencia

Un aprendizaje de la Biblia

El labrador no mira el cielo con prisa

La imagen que usa la Biblia para la paciencia no es un santo con cara de aguantar: es un agricultor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía (Santiago 5:7). Fíjate en el detalle técnico: dos lluvias, con nombre, y la segunda tarda. El labrador no espera porque sea virtuoso: espera porque sabe cómo funciona la tierra. La paciencia del texto no es una virtud moral; es conocimiento del proceso.

Y tiene un enemigo con nombre, que es el tuyo también. El que tarda en airarse es grande de entendimiento, pero el impaciente de espíritu engrandece la necedad (Proverbios 14:29). Y más fuerte todavía: mejor es el que tarda en airarse que el poderoso, y el que se enseñorea de su espíritu que el que toma una ciudad (16:32). La comparación es de guerra: gobernarte a ti mismo en la espera vale más que conquistar una ciudad. Por eso cuesta lo que cuesta.

El caso que mejor lo enseña es el de un hombre al que le prometieron un hijo a los setenta y cinco años (Génesis 12:4) y lo tuvo a los cien (21:5). Veinticinco años. Y a mitad de la espera, a los diez años, la impaciencia hizo lo que hace siempre: buscar un atajo. Su mujer le propuso tener el hijo con la sierva (16:1-4), y de ahí salió una familia rota que el libro sigue contando muchos capítulos después. Eso es lo que el texto dice de la impaciencia: no que retrase la promesa, sino que fabrica, mientras tanto, problemas que sí llegan a tiempo.

Ahora el mecanismo, que es lo que sirve a cualquiera: la paciencia no se tiene, se fabrica, y se fabrica con lo que menos gusta. La tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza (Romanos 5:3-4). Nadie se vuelve paciente en una vida cómoda; se vuelve paciente aguantando algo. Y un viejo sabio lo remató con una frase de contable: mejor es el fin del asunto que su principio; mejor el sufrido de espíritu que el altivo (Eclesiastés 7:8). Los principios son emocionantes y los finales son verdad. El paciente es el que ha decidido juzgar por los finales.

El ejercicio del labrador: pon nombre a tus dos lluvias. Qué tiene que pasar primero y qué tiene que pasar después, y cuánto suele tardar lo segundo cuando tarda. Escríbelo, para que la espera tenga forma y no sea una niebla. Y cuando te tiente el atajo de Sara, que siempre parece razonable, pregúntate qué familia rota puede salir de ahí. La paciencia no es esperar sin hacer nada: es hacer lo que toca en cada lluvia, y no sembrar en la que no toca.

«La paciencia no es una virtud, es conocer el proceso: dos lluvias, y la segunda tarda. Los principios emocionan; los finales son verdad.»
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