Me han quitado el puesto y no lo acepto
Lo dijo llorando, y siguió
Te han apartado. Igual con formas, igual sin ellas, pero el sitio ya no es tuyo. Y lo que más te desgasta no es haberlo perdido: es que sigues actuando como si lo tuvieras. Sigues opinando, vigilas a quien lo ocupa, esperas que se equivoque, y cada vez que lo hace bien se te agria el día. Y en el fondo sospechas que no vuelve, y eso es lo que no te deja dormir. Saúl vivió así años.
Se lo dijeron claro. Samuel le anunció que el reino se lo habían quitado ese día y se lo habían dado a otro mejor que él; Saúl le agarró del manto y se lo desgarró, y esa fue la imagen que le quedó. A partir de ahí tuvo años por delante, y un país, y un hijo que valía oro, y un ejército. Y lo dedicó todo a perseguir al que venía detrás.
Lo que más me impresiona es que lo sabía. Dos veces David lo tuvo a tiro en una cueva y en un campamento, y las dos veces le perdonó la vida. Y las dos veces Saúl lloró y lo dijo en voz alta: eres más justo que yo; yo sé que tú vas a reinar; he actuado como un necio. Lo dijo llorando, con sus soldados delante. Y al poco tiempo volvía a salir con tres mil hombres a buscarlo. Hasta que acabó en un monte, cayendo sobre su propia espada.
Ahí está el mecanismo: saber que has perdido no es aceptarlo. Se puede saber, llorarlo, decirlo en voz alta, y seguir actuando como si no. Lo que Saúl no soltaba no era el trono, que seguía siendo suyo: era ser el que manda. Y mientras persigues lo que ya no es tuyo, no haces nada con lo que sí lo es. Saúl seguía siendo rey. Se lo gastó entero en una persecución.
Haz la cuenta de Saúl: cuánto de tu semana va a vigilar al que ocupa tu sitio. Ese tiempo es tu reino, y lo estás dejando vacío. Aceptar no es decirlo llorando; es dejar de salir a buscarlo. Y luego, lo que él no hizo nunca: mira lo que aún tienes, que no es poco, y gobierna eso. Es lo único que nadie te ha quitado.
Esto es Trabajo y dinero. La carta de esta habitación: Lo que haces y lo que te llevas →