Mis padres se hacen mayores

Qué dice la Biblia

Honrar envejece contigo

Del cambio de papeles no avisa nadie: un día, sin fecha señalada, el que te llevaba de la mano empieza a necesitar la tuya. Y si estás en ese tramo, conocerás a su compañera de piso: la culpa. No llamas bastante, no llegas a todo, no sabes si lo estás haciendo bien. Para ese tramo exacto hay más Biblia de la que parece.

«Honra a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12) lo aprendimos de niños, y por eso se nos quedó en versión de niños: obedecer. Pero el verbo es más grande y envejece contigo. Proverbios lo conjuga para adultos: oye a tu padre, y a tu madre no la menosprecies cuando envejezca (Proverbios 23:22). Menospreciar es la palabra exacta, porque es el pecado moderno: no el grito, sino el descarte: dejar de contar con ellos, de preguntarles, de darles conversación y guerra. Y el Nuevo Testamento le pone contabilidad seria al asunto: quien no provee para los suyos, y sobre todo para los de su casa, ha dejado su fe en papel mojado (1 Timoteo 5:8). Honrar, de mayor, se paga en verbos: proveer, escuchar, aparecer.

Pero la escena que más alivia está al final de los evangelios. Jesús, en la peor hora de su vida, gestionó desde la cruz un solo asunto doméstico: quién iba a cuidar de su madre. A ella: he ahí tu hijo. Al discípulo de su confianza: «he ahí tu madre». Y desde aquella hora, dice el texto, el discípulo la recibió en su casa (Juan 19:26-27). Dos cosas caben ahí, y la segunda guárdala si cargas con culpa. La primera: cuidar de una madre fue de las últimas cosas que soltó. La segunda: no lo hizo él; no podía. Lo dejó organizado, en las mejores manos que tenía. Asegurar el cuidado, cuando está bien elegido y bien mirado, no es abandonar: es exactamente lo que hizo él.

El mecanismo, entonces: honrar cambia de conjugación con los años: de niño era obedecer; de adulto es proveer, contar con ellos y asegurar el cuidado, lo hagas con tus manos o lo dejes bien organizado. La medida nunca fue la culpa, que no se sacia con nada; la medida es que estén cubiertos, escuchados y contados. Y una nota al margen: este es el mandamiento que viene con promesa enganchada, el primero que la trae, subraya Pablo (Efesios 6:2-3): que te vaya bien y vivas largo. Como si el texto supiera que quien aprende a cuidar la vejez de otros se está preparando la suya.

«Honrar envejece contigo: de niño era obedecer; ahora es cuidar, con tus manos o dejándolo bien organizado.»
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