Estoy enfermo y tengo miedo
El miedo también se dice en voz alta
Un diagnóstico te parte la vida en antes y después. Da igual la sala de espera, el papel con palabras técnicas, la llamada: hay un momento en que el cuerpo que eras tú pasa a ser también un problema, y el miedo se instala de fondo, como un ruido que no se apaga. Y encima el mundo te pide moral de guerra: tú puedes, sé fuerte, actitud. Como si el miedo fuera una falta de mérito.
A Ezequías, rey de Judá, se lo dieron sin anestesia y con las peores palabras posibles: ordena tu casa, porque vas a morir. Así, de frente. Y la reacción de aquel rey (un hombre con ejércitos, con historia, con todo el poder de su tiempo) fue volver el rostro hacia la pared y llorar con gran llanto. Está escrito así, sin retoques y sin vergüenza. Nadie en el texto le pide entereza, nadie le afea el llanto. El primer permiso que te da esta historia es ese: llorar mirando a la pared no es rendirse. Es la respuesta proporcionada.
Fíjate en la secuencia de lo que hizo, porque cabe entera en cualquier hospital de hoy. No disimuló: su miedo y su pena salieron enteros, a su manera y hacia donde él miraba. Habló (dijo lo que había sido su vida, lo que le importaba) en vez de tragárselo para proteger a los de alrededor, que es la trampa en la que caen casi todos los enfermos: consolar ellos a los sanos. Y se ocupó de ordenar su casa, que no es prepararse para lo peor: es cuidar a los tuyos con lo que haya, sea mucho o poco tiempo.
A él le llegaron quince años más. Eso no se le puede prometer a nadie, y esta carta no lo va a hacer. Aquí no se venden milagros ni se sustituye a ningún médico: el tratamiento va aparte y va primero, siempre. Pero la secuencia de Ezequías no depende del desenlace, y esa sí es tuya entera: el llanto sin vergüenza, el miedo dicho en voz alta a quien te escuche (ponerle palabras le quita al miedo el monopolio de la noche), y lo tuyo en orden: papeles, conversaciones pendientes, la palabra que llevas años sin decir.
Nada de eso acorta la vida. Todo eso la hace más tuya, que es lo que el miedo te estaba quitando, incluso antes de que nadie sepa el desenlace. Hoy: tratamiento, una persona a la que decirle el miedo con todas las letras, y una sola cosa de tu casa puesta en orden. Con eso, el día de hoy queda ganado. Y esto se pelea por días.
Esto es Adversidad.