Mi trabajo no tiene sentido

Un aprendizaje de la Biblia

El vacío del domingo por la noche ya está escrito

El domingo por la noche se te instala un peso en el pecho, y no es el trabajo en sí, es la pregunta que viene con él: ¿y todo esto para qué? Los correos que nadie recuerda, las reuniones sobre reuniones, el proyecto que en tres años nadie sabrá que existió. No estás mal pagado, quizá. Estás sin argumento, que desgasta más.

Esa pregunta no la inventó tu oficina. Hace más de dos mil años alguien la escribió sin anestesia, en la primera página de su libro: ¿qué provecho saca el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol? Y aquí el dato que le da todo el peso: no era un empleado quemado: era un rey en la cima, el hombre con más éxito y más recursos de su época. El vacío laboral no es un problema de sueldo bajo. Lo escribió el mejor pagado de todos.

Y no habló de oídas: lo probó todo para llenar el hueco. Obras colosales, placeres, proyectos. Él mismo lo dice: no les negué a mis ojos nada de lo que desearon. Hizo la carrera completa que a ti te venden como solución: más grande, más lejos, más arriba. Y al volverse a mirar el resultado, lo llamó humo: vanidad, aflicción de espíritu, correr detrás del viento. Su diagnóstico sigue siendo el bueno: el problema no era su trabajo. Era pedirle al trabajo lo que el trabajo no da: un sentido total, una salvación, una respuesta al para qué de todo.

Su conclusión, con el experimento ya terminado, es de una modestia que desarma: no hay nada mejor para el hombre que comer, beber, y que su alma vea lo bueno de su trabajo. Fíjate en la escala: no dice que el trabajo te dará el sentido de la vida: dice que tiene cosas buenas del tamaño de un día, y que el arte está en verlas. La cosa bien rematada. El problema resuelto. El café con el compañero. El pan de tu mesa, que sale de ahí. El sentido no viene de fábrica con el empleo: se le pone a mano, y se pone a lo pequeño.

Por tanto, dos movimientos. Esta semana, baja la exigencia de la pregunta: no le pidas a tu trabajo que justifique tu existencia. Pídele un buen martes, y cóbraselo: busca cada día una cosa bien hecha que sea tuya y mírala dos segundos. Y a la vez, si el hueco es de los grandes, búscale el sentido fuera del horario también: lo que el trabajo paga (la casa, los tuyos, tus planes) forma parte de su provecho. A veces el trabajo no es el argumento. Es lo que financia el argumento.

«El trabajo no trae el sentido de fábrica: se lo pones tú. Y se pone a lo pequeño.»
Eclesiastés · Aprendizaje · lectura en preparaciónBuscar otra cosa

Esto es Trabajo y dinero. La carta de esta habitación: Lo que haces y lo que te llevas →