Tomé una decisión sin vuelta atrás
Se firmó con hambre
Hay decisiones que se pueden deshacer y otras que no, y tú tomaste una de las segundas. Ya no sirve de nada darle vueltas y, aun así, se las das: cómo pudiste, en qué estabas pensando, qué habría pasado si. Y lo peor es que, cuando lo hiciste, no te pareció grande. Te pareció una tontería. Esaú vendió lo más grande que tenía por un plato de lentejas, y el texto dice cómo.
Volvía del campo, cansado y con hambre. Su hermano estaba cocinando y él le pidió de aquel guiso rojo. Jacob le dijo que se lo cambiaba por su derecho de primogénito, que era lo que le tocaba al hijo mayor: la herencia, el sitio en la familia, el futuro entero. Y Esaú contestó una frase que retrata el momento exacto: me voy a morir, ¿de qué me sirve eso? Lo juró, comió, bebió, se levantó y se fue. Dice el texto que así la menospreció. Ni un versículo de drama.
El drama vino años después, cuando aquello importó. Su padre, ya ciego, dio la bendición al hermano, y cuando Esaú llegó con su guiso y su derecho, no quedaba nada. Y gritó, dice el texto, con un grito muy grande y muy amargo: bendíceme también a mí, padre mío. ¿No tienes más que una bendición? Y lloró. No había vuelta atrás. La había vendido con hambre, un mediodía cualquiera, sin darse cuenta.
Ahí está el mecanismo, y es el que te pasó a ti: las decisiones sin vuelta atrás casi nunca parecen grandes el día que se toman. Parecen un plato de lentejas. Y el hambre, el cansancio, la urgencia, hacen lo que hicieron con Esaú: agrandan lo de ahora y encogen lo de después hasta que no se ve. «Me voy a morir, ¿de qué me sirve?» es la frase de todo el mundo antes de firmar algo que no debería. Nadie vende su futuro con el estómago lleno.
Dos cosas, una para lo hecho y otra para lo próximo. Lo hecho: Esaú no recuperó aquella bendición, pero su padre le dio otra, distinta, y acabó con cuatrocientos hombres y diciéndole a su hermano que ya tenía bastante. No fue la vida que había vendido; fue otra, y fue vida. La tuya también lo será, aunque hoy no lo veas. Y para lo próximo, la regla de Esaú, que es tonta y por eso funciona: nada grande se decide con hambre, cansado o en caliente. Come, duerme, y firma mañana.
Esto es Decisiones.