Estoy entre mi pareja y mi familia
Un montón de piedras entre los dos
Tu mujer y tu madre no se soportan, y tú estás en medio. Tu suegra se mete en todo, y tu pareja no le dice nada. Tu suegro se viene a vivir a casa en octubre. Cada comida familiar es un examen, y gane quien gane, pierdes tú: si defiendes a una, le fallas a la otra. Llevas tiempo haciendo de puente, y a los puentes los pisan desde los dos lados. El libro trae este lío desde su segunda página, y una familia entera que lo resolvió con un montón de piedras.
Génesis 2, antes de que exista una sola suegra en el mundo, ya da el orden: dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer. Primero dejar, después unirse. Dejar no es dejar de querer: el mismo libro manda honrar a padre y madre, y no se contradice, porque honrar no es obedecer. Dejar es cambiar con quién decides primero.
La historia es la de Jacob y su suegro. Veinte años vivió y trabajó Jacob en casa de Labán, que le cambiaba el salario cuando quería y lo controlaba todo. Cuando por fin se va, Labán lo persigue, lo alcanza y suelta la frase de todos los suegros que no lo han entendido: las hijas son hijas mías, y los hijos, hijos míos son, y todo lo que tú ves es mío. Génesis 31. Pero hay dos detalles. El primero: Jacob no decidió solo. Antes de moverse llamó a Raquel y a Lea al campo, lejos de la casa, y se lo contó todo. Y fueron ellas, las hijas, las que dijeron de su propio padre: ¿no nos tiene ya como por extrañas? Haz todo lo que Dios te ha dicho. El límite a Labán se lo pusieron sus hijas. El segundo: aquello no acabó en ruptura. Acabó en un montón de piedras y un pacto: ni yo pasaré contra ti de este montón, ni tú pasarás de él contra mí. Comieron juntos allí mismo. Y a la mañana siguiente, dice el texto, Labán besó a sus hijos y a sus hijas, los bendijo, y se volvió a su lugar.
El suegro bueno del libro es Jetro, el de Moisés. Llega de visita, ve a su yerno desbordado, le da el mejor consejo de su vida, y el texto remata: y despidió Moisés a su suegro, y éste se fue a su tierra. Éxodo 18. Consejo, y a casa. El mecanismo: estás en medio porque has aceptado el papel de puente, y el orden del texto dice que no lo eres. Estás en una orilla. La pareja decide primero, a solas y junta, como Jacob con Raquel y Lea en el campo. Y después cada uno habla con los suyos: tú con tu madre, tu pareja con la suya. Un límite que pone el hijo duele; uno que pone el yerno o la nuera es una guerra. Y el límite no es un muro. Es un montón de piedras: bajo, a la vista, y con sitio para comer juntos al lado. Hasta aquí sí, desde aquí no, y el domingo nos vemos.
Así que esta semana, la conversación en el campo. Con tu pareja, a solas, y no sobre quién tiene razón entre ellas. Una sola pregunta: qué decidimos nosotros dos sobre esto concreto, las visitas, las llaves, los comentarios delante de los niños. Y luego cada uno se lo dice a los suyos, en plural: «hemos decidido». Si tu lío es más bien con tu propia madre, busca «mi madre lo decide todo por mí». Si lo que escuece es una frase suelta, «un comentario de la familia me ha dolido». Y si el suegro que viene a casa viene porque ya no puede estar solo, «mis padres se hacen mayores».
Esto es Vínculos.