Nunca tengo suficiente
¿Para quién es todo esto?
Conseguiste lo que te propusiste y, antes de celebrarlo, ya estabas mirando lo siguiente. La meta se mueve cada vez que llegas. Y un día te sorprendes echando cuentas en la cama, con todo razonablemente bien, sintiendo que vas tarde. Eso no es ganas de prosperar. Eso es otra cosa, y ya estaba diagnosticada hace tres mil años.
En el Eclesiastés hay un retrato de tres líneas que da miedo de lo actual que es: un hombre solo, sin nadie (ni hijo ni hermano), que no para de trabajar, cuyos ojos no se cansan de acumular, y que nunca se hace la única pregunta que importa: ¿para quién estoy trabajando yo, y por qué me estoy quitando la vida buena a mí mismo? El texto no lo condena. Hace algo peor: lo deja ahí, trabajando para nadie.
El mismo libro remata el mecanismo en una frase: el que ama el dinero no se sacia de dinero. Fíjate que no dice que el dinero sea malo: dice que no SACIA. Es un agujero con forma de más. La ambición sin destinatario funciona como beber agua de mar: cada trago da más sed, y desde fuera parece que estás bebiendo.
La trampa está en que el «más» se siente virtuoso. Trabajar mucho tiene buena prensa, nadie te va a parar: al contrario, te aplaudirán mientras te vacías. Por eso el freno tiene que ser tuyo, y el texto te da la herramienta exacta: la pregunta del destinatario. ¿Para quién es esta hora extra? ¿Quién se sienta conmigo a la mesa que estoy pagando? Si la respuesta es «nadie» o «no lo sé», no tienes un plan: tienes una rueda.
No te pido que ambiciones menos. Te pido que le pongas nombre y cara al para quién (aunque seas tú mismo, pero el tú que vive, no el que acumula). El día que el más tenga destinatario, sabrás cuánto es suficiente. Es la única cifra que la rueda no te va a dar nunca.
Esto es Trabajo y dinero. La carta de esta habitación: Lo que haces y lo que te llevas →