Regala una historia

Para quien cree que todavía te debe algo

La historia de José, que perdonó a sus hermanos y diecisiete años después tuvo que repetírselo. Esta es la carta entera, tal cual saldría. Léela como si te la hubieran mandado a ti.

Te escribo porque creo que sigues llevando aquello encima, y yo hace tiempo que no lo llevo. Como no sé decírtelo sin que suene a frase hecha, te mando una historia. Tiene casi cuatro mil años y va de unos hermanos que tardaron media vida en creerse que estaban perdonados.

José tenía diecisiete años, era el preferido de su padre, y sus hermanos no podían ni hablarle con calma. Un día lo echaron a un pozo seco y lo vendieron por veinte monedas de plata a unos mercaderes que pasaban. Mancharon su túnica con la sangre de un cabrito y se la mandaron al padre, para que pensara que estaba muerto. Lo demás es largo: fue esclavo, fue preso por algo que no hizo, y más de veinte años después era el segundo hombre más poderoso de Egipto. Y a Egipto llegaron sus hermanos, con hambre, a comprar grano. Se inclinaron delante de él sin saber quién era.

Cuando ya no pudo más, mandó salir a todo el mundo y se echó a llorar tan fuerte que lo oyeron desde fuera. Y les dijo: soy José, vuestro hermano, el que vendisteis. Ellos no pudieron ni contestar. Y entonces él dijo lo que llevaba años queriendo decir: que no se entristecieran ni les pesara haberlo vendido, porque de aquello había salido la vida de todos. Los besó uno a uno y lloró con ellos. Y solo después, dice el texto, sus hermanos hablaron con él.

Pero lo que me hace escribirte no es eso. Es lo que pasa diecisiete años más tarde. Se muere el padre, y los hermanos, viejos ya, piensan: ahora que no está, se va a cobrar todo lo que le hicimos. Le mandan un recado con una petición de perdón, y luego van ellos y se le echan a los pies. Y José, que ya lo había perdonado todo hacía diecisiete años, lloró mientras se lo decían. No de rabia. De ver que seguían con miedo. Y volvió a decírselo: no tengáis miedo. Vosotros lo pensasteis para hacerme mal, y salió bien. Yo os cuidaré, a vosotros y a vuestros hijos. Y dice el texto que les habló al corazón.

Lo que más me gusta es quién llevaba la deuda. No la llevaba él. La llevaban ellos, y se la llevaron diecisiete años después de que se la hubieran perdonado.

Te la mando porque creo que a ti te pasa lo mismo. Lo que pasó me dolió, no te lo voy a negar. Pero de aquello salió lo que hoy tenemos, y yo estoy bien. Lo que me duele ahora no es lo de entonces. Es verte todavía con miedo.

Así que te lo digo como lo dijo él, y ojalá esta vez sea la última: no me debes nada. Ven a comer.

Copiar esta carta y luego cámbiale lo que quieras: es tuya

Esta historia sale del libro de siempre, contada con nuestras palabras. Volver a las historias →