Para una madre
La historia de la mujer que puso a su hijo en el río para salvarlo del río. Esta es la carta entera, tal cual saldría. Léela como si te la hubieran mandado a ti.
Esta carta no es una felicitación. Es una historia, y te la mando a ti porque, de toda la gente que conozco, eres la única a la que le pertenece. Tiene más de tres mil años y va de una mujer a la que el texto, en la escena más importante de su vida, ni siquiera llama por su nombre.
Un rey había mandado echar al río a todos los niños que nacieran en el pueblo de ella. Y justo entonces le nació un hijo. Dice el texto que vio que era hermoso, que es lo que ven todas las madres, y que lo tuvo escondido tres meses. Tres meses escondiendo a un niño que llora. Hasta que ya no pudo más.
Y aquí viene lo que me parece más grande de toda la historia. Cuando ya no pudo esconderlo, hizo exactamente lo que había mandado el rey: lo puso en el río. Pero léelo despacio. Lo puso en una cesta de juncos que ella misma había untado de brea para que no entrara el agua. La dejó entre los juncos de la orilla, quieta, donde la corriente no se la llevara. Y dejó a su hija mayor mirando desde lejos, para ver qué pasaba. Cumplió la orden al pie de la letra y la desobedeció entera.
Bajó a lavarse al río la hija del rey, vio la cesta y mandó que se la trajeran. La abrió, y el niño lloraba. Le dio lástima. Entonces salió de entre los juncos la hermana, como quien pasaba por allí, y le preguntó si quería que le buscara una mujer de las hebreas para criarlo. Y fue a buscar a su madre. La hija del rey le dijo a aquella mujer que se lo llevara, que se lo criara, y que ella se lo pagaría. Le pagaron por criar a su propio hijo. Lo crió. Y cuando el niño creció, lo llevó a palacio y lo soltó por segunda vez.
Le pusieron Moisés, y el texto explica por qué: porque lo habían sacado del agua. Años después, aquel niño sacado del agua llevó a un pueblo entero por en medio del mar, andando en seco. Una de las historias más grandes de todo el libro empieza ahí: en una mujer que preparó una cesta. En esa escena no dice cómo se llamaba. Hay que ir a otra página, a una lista de familias, para saber que se llamaba Jocabed.
Te la mando porque una madre hace esas dos cosas, que parecen contrarias y son la misma: te guarda mientras hace falta y te suelta cuando toca. Y en ninguna de las dos deja de mirar. Cuando yo leo esta historia, la mujer de la cesta tiene tu cara.
Gracias por la cesta. Y por no irte nunca de la orilla.
Esta historia sale del libro de siempre, contada con nuestras palabras. Volver a las historias →