Regala una historia

Para un amigo de verdad

La historia de Jonatán, el heredero que le dio su manto al que iba a quitarle el trono. Esta es la carta entera, tal cual saldría. Léela como si te la hubieran mandado a ti.

Te mando una historia porque hay cosas que a un amigo no se le dicen a la cara, y esta es una de ellas. Tiene tres mil años y va de dos hombres que, por cómo estaban las cosas, tendrían que haberse odiado.

Jonatán era el hijo del rey. El heredero. David era un chaval que venía de cuidar ovejas y que acababa de hacerse famoso de un día para otro, tanto que por la calle cantaban que valía diez veces más que el rey. Y dice el texto que, nada más conocerlo, el alma de Jonatán quedó ligada a la de David, y que lo quiso como a sí mismo. Se quitó el manto que llevaba puesto y se lo dio. Y la espada, y el arco, y el cinturón. Todo lo que decía quién era, se lo puso a otro encima.

Lo que vino después fue peor. Su padre, el rey, le cogió miedo a David y decidió matarlo. Y Jonatán, que era el que más tenía que ganar si David desaparecía, hizo todo lo contrario. Le avisó. Lo defendió delante de su padre. Y un día, en la mesa del rey, cuando su padre le gritó que mientras aquel chico viviera él no sería nunca rey, Jonatán solo preguntó por qué tenía que morir, qué había hecho. Su padre le tiró una lanza. Él se levantó de la mesa y no comió.

A la mañana siguiente se despidieron en un campo, con una señal que solo entendían ellos dos. Se dieron un beso, como se hacía entonces, y lloraron los dos; y dice el texto, con una honestidad que me desarma, que David lloró más. Años después, con David escondido en el desierto y el rey buscándolo cada día, el que fue a buscarlo fue Jonatán. Fue a decirle que no tuviera miedo, que iba a ser rey, y que él estaría a su lado, el segundo. El heredero, diciéndole al que le iba a quitar el trono que se alegraba.

No llegó a verlo. Murió en una batalla, antes. Y David escribió por él lo que se escribe cuando ya no queda nadie a quien decírselo: angustia tengo por ti, hermano mío. Tu cariño me fue más maravilloso que ningún otro amor.

Te la mando porque un amigo de verdad es eso: alguien que se alegra de lo tuyo aunque le cueste a él, que te avisa, que te defiende cuando no estás, y que sabe dónde encontrarte cuando te escondes. Yo tengo uno de esos. Se llama como tú.

Gracias por el manto, y por venir a buscarme al desierto.

Copiar esta carta y luego cámbiale lo que quieras: es tuya

Esta historia sale del libro de siempre, contada con nuestras palabras. Volver a las historias →