Regala una historia

Para unas gracias que llegan con años de retraso

La historia de los diez sanados, y del único que dio la vuelta. Esta es la carta entera, tal cual saldría. Léela como si te la hubieran mandado a ti.

Te debo un gracias desde hace tiempo. Lo sé, y tú seguramente también, aunque nunca me lo hayas echado en cara. Y como un gracias a secas me parecía poco después de tanto retraso, te mando una historia. Es corta, y va justamente de esto.

Iba un hombre de camino, y a la entrada de un pueblo le salieron al paso diez hombres enfermos de lepra. Se pararon de lejos, como tenían que hacer, y le gritaron que se apiadara de ellos. Él no les hizo un discurso ni los tocó: les dijo que fueran a presentarse a los sacerdotes, que era el trámite de entonces para volver a la vida normal. Y dice el texto que, mientras iban, quedaron limpios. Por el camino. Sin darse cuenta del momento exacto.

Diez curados. Y uno solo dio la vuelta. Volvió por donde había venido, a gritos, dando gracias a Dios por el camino, y se echó a los pies del que lo había curado para dárselas también a él. Y era, encima, un extranjero, de los que en aquel pueblo no caían bien. El otro miró alrededor y preguntó algo que me parece de las preguntas más humanas de todo el libro: ¿no eran diez? ¿Y los otros nueve, dónde están?

No dice que los nueve fueran malos. Seguramente estaban haciendo lo que les habían mandado: ir a presentarse, recuperar su vida, abrazar a los suyos. Cosas urgentes. Dar las gracias nunca es urgente; por eso se queda siempre para luego, y luego se hace tarde. Yo he sido de los nueve contigo. Me curaste algo, en el sentido que tú sabes, y seguí camino con la vida nueva puesta, sin darme la vuelta.

Pues aquí estoy, dándome la vuelta. Tarde, pero por el mismo camino.

Gracias por lo que me curaste. Lo llevo puesto desde entonces, y lo que se lleva puesto se deja de ver. Hoy lo veo. Y te veo a ti.

Copiar esta carta y luego cámbiale lo que quieras: es tuya

Esta historia sale del libro de siempre, contada con nuestras palabras. Volver a las historias →